© Fernando Garrido, abril, 2021

De Córdoba, la Plaza de la Corredera, es uno de esos cromos de lugares que uno debe coleccionar en la memoria, como singular experiencia vivida al menos por algún instante.

No soy de programar santiamenes cuando vengo o voy, sino de dar rienda a la permanencia. Un buen amigo, ahora catedrático, consideraba esa manera de irme aquí o allá, como tránsitos antropológicos. Bien pueden serlo, y la Corredera es desbordada fuente de esa especie, por eso la prefiero a otras plazas, aún de todas aquellas deliciosas plazoletas de romántica evocación, ora exótica ora castiza, que sobreabundan en Córdoba.

El acontecer en la Corredera es correlato hermenéutico del pulso de la ciudad: testimonio de los hombres, sus dioses y los tiempos.

La Corredera es plaza castellana y manierista, al estilo del dorado y teatral siglo XVII, desde entonces hasta hoy así se ve como amplísimo escenario, sobre invisibles restos romanos y andalusíes que aún crujen bajo el enlosado, como también resuenan las algarabías del zoco y del mercado, o la ovación del coso taurino (de lidiar aquí los astados, recibe el nombre la plaza). También, con fino oído sicofónico se percibiría al pregonero consistorial y a los ciegos recitantes vendiendo cuartillas de romancero, o a la farándula de cómicos representando un cervantino entremés. Aún perduran hoy el cotidiano ritual de la partida de dominó, la pausada tertulia de diario y la jarana estudiantil los fines de semana… también asoman pícaros contemporáneos, pedigüeños volanderos, el pelanas que no se tiene en píe, y toda la fauna que de común alterna aquí y allá, con ecléctico ritmo e impedimenta.

Los aires de Salamanca, Burgos o Toledo y de tantas otras urbes castellanas se dan cita aquí; en definitiva y profundamente, lo cordobés en esta plaza se hace patente como un Ser castellano meridional. En la Corredera, Córdoba es clara y Novísima Castilla. Lástima que no hubiesen pensado colocar en ella la figura ecuestre del Gran Capitán, sería este desde luego un magnifico lugar, más propio que donde se anda y al que llegó también por traslado.

La Corredera, a finales de los años ochenta del pasado siglo, fue descrita por A. Muñoz Molina de manera muy distinta a como yo la encontré cuarenta años después. El tiempo es un potente corrosivo y un correctivo renovador, y la percepción subjetiva del viajero se desenvuelve invariablemente en un contexto cambiante, inexorablemente acompañado de sus propios fantasmas, morbos, clarividencias, daltonismos y miopías.

Desde su permeable caparazón, Muñoz Molina hizo un relato inquietante y desazonador: “La Plaza de la Corredera, que anduve buscando en vano con el auxilio de un mapa y en la que me encontré de pronto cuando ya no la buscaba, tiene una sórdida perspectiva de soportales y zaguanes de casas de renta antigua en los que se abren temibles pensiones y tabernas para bebedores terminales, para borrachos mendigos que antes de beber dejan en la mostrador un puñado de monedas. La Corredera, como los patios abandonados, es un paréntesis en el espacio y también en el tiempo de Córdoba, una hermosa plaza inmediatamente desmentida por la suciedad y la pobreza, un sumidero cerrado sobre sí mismo en el interior de la ciudad. La habitan viejos que posiblemente morirán solos en sus cuartos de alquiler y alcohólicos que se peinan furiosamente hacia atrás el pelo sucio y aplastado. Basta salir de allí y alejarse un poco hacia otras calles para sentir que uno no ha estado en esa plaza, que no ha visto esas caras de muerto en las ventanas enrejadas, mirándolo como fantasmas o leprosos que se sorprenden de que un extraño se atreva a visitar su reino.”

Nada es como es sino como se recuerda. La memoria compone desde el sí una trama dramática con las piezas desordenadas que ve o ha querido ver, con todo, la realidad alcanza quizás a ser más radical y profunda desde lo pintoresco y novelado.

Debo confesar que no siento nostalgia de no haber asistido al sórdido panorama dramático que nos describe Molina; no obstante ha quedado incorporado, con sus pinceladas tenebristas, a mí imaginario del lugar como sugerente destello literario.

No he visto en la Corredera ventanas enrejadas – no las hay ni las ha habido- ni cadáveres vivientes, sino balcones, cientos de ellos, idénticos, ordenados y en perfecta formación, centinelas atentos al acontecer bajo su vidrios y persianas, sin aspaventar al visitante, ni inquietar el espíritu de las gentes que lo frecuentan. Eso sí, hoy la dinámica variedad de la habitual vida en la plaza, trascurre mermada y restringida, con la pesadumbre que, como en tiempos de guerra, permite ahora la “peste oriental”.

Nos dijo Muñoz Molina que se encontró con la Corredera cuando ya había dejado de buscarla, y lo creo. Algo disimilar me sucedió, porque no supe de su existencia hasta que, Ella me encontró en mi atolondrado brujuleo por el serpenteante entramado urbano cordobés. La epifanía sucedió cuando, sin saber cómo, se me vino encima su espectacular e inmenso ruedo cuadrangular, de geometría clasicista y castizo abolengo. Un asombro que no emergía exactamente de su marcada simetría ortogonal, ni de su seriada identidad axial, sino del inmenso espacio vacío en medio del caos y angostura laberíntica que la ciñen.

La Corredera es un espacio contenedor de existencias. Pio Baroja, pasó por aquí a inicios del siglo XX. Fruto de aquello, una novela: “La Feria de los Discretos”, ambientada en la ciudad medio siglo antes de su presencia. Atisbando el pasado desde su presente, don Pio, pluma en mano, escribía: “no tenía entonces la Plaza un mercado de ladrillo feo y sucio en medio, ni las casas estaban tan abandonadas como hoy, ni en los balcones crecían con tanta abundancia los jaramagos.”

En efecto, existió desde principios del XX, plantado en medio, un gigantesco edificio okupa de arquitectura industrial, que convertía a la Corredera en una no plaza, y que la degradaba a calle de cuatro esquinas. Aquel mercado de hierro y ladrillo fue derribado en 1958.

El Baroja del 98, crítico y nostálgico barón, nos describía en claro oscuros la pretérita cotidianeidad, esplendores y miserias de la Corredera: “Mercado diario al aire libre, plaza en las grandes fiestas de toros y cañas, (…) centro comercial, industrial y artístico. Allí se celebraron fiestas reales (…); allí se consumaron autos de fe; allí toreó el señor Pedro Romero en compañía de Pepe Hillo cuando Carlos IV visitó la ciudad; allí se colocó la lápida de la Constitución, con gran entusiasmo, en 1823, y se arrancó y se arrastró con furor en el mismo año; allí se expusieron algunos buenos mozos, muertos en la sierra con el trabuco en la mano; allí también los últimos verdugos de Córdoba, los dos Juanes, Juan Garcia y Juan Montano, ambos maestros en el arte de guindar a sus semejantes, tuvieron bellas ocasiones de ejercitar su importantísima misión que se les había conferido. Por último, de ahí, de la Corredera, salieron los manteses de Córdoba, parientes de los pícaros de Zocodover y del Azoguejo, padres de los charranes del Perchel y de los lanceros de Murcia y ascendientes lejanos de los golfos madrileños.”

Qué cosas, hoy los “golfos madrileños” peinan moños, son acompañados por jueces a la juerga, reparten carnets de demócratas con hoz y martillo, y van escoltados por aquellos policías a quienes se sienten impelidos de apalear.

En fin, vuelvo al coso con lo propio, que es estar perplejo y escéptico, pero sentado en la soleada terraza de la taberna “El Patri”, que fue fundada al parecer en 1802, antes de la “francesada” y las Cortes de Cádiz. A mi derecha está la terraza de “La Cittadella”, a mi izquierda la de “La Fuente de las Brujas”. Es entre semana, tomo un café. Sobre la mesa he depositado mi reloj de pulsera que señala las tres de la tarde, cerca están el cuaderno y un libro. Al fondo, en la fachada occidental de la plaza, observo a Manoli, activa como siempre, afanada al cuidado del género que vende bajo el soportal y ampliamente lo desborda: cestos, esteras y demás cachivaches de esparto, cacharros, cerámicas, pequeños muebles y un sinfín inimaginable de menudencias de dispar uso y categoría. Todo conforma un sobreabundante y ecléctico altar naif de lo útil, lo superfluo, de lo invariable y de lo efímero.

-Qué tristesa da ver ahora azí la Correéra- me decía Manoli ayer. Es cierto, tan solo han pasado algunos meses desde mi última visita y se notan significativas ausencias. Tabernas que han cerrado, tiendas que no abrirán… Se echa en falta el ávido deambular de forasteros. Hay demasiada calma, los cajones de los negocios y tabernas tienen ya rincones donde se agostan telarañas amenazando con saltar la banca; sin embargo, la firmas y pintarrajos en puertas y paredes han crecido, y siguen más visibles que nunca para vergüenza del decoro de la vieja ciudad: es el “mal español”, ese empeño recalcitrante por suburbializar la excelencia.

Aún así, los claros soleados nos regalan su aire delicioso en esta primavera de raro semblante, de lluvias traicioneras, de tristeza contenida e incertidumbre en el porvenir.

Solazándome, tras el último sorbo del café, tomo el libro con intención de escrutar el índice antes de leer. Alzo la vista, veo un niño cerca de mí, apenas tiene un par de años, corre torpemente tras una paloma y luego otra; su precario proyecto es atraparlas entre unas manitas que apenas abarcan un sonajero. Desvío la mirada y observo en una mesa cercana a unas jovencitas que cuchichean y ríen cuando se les acerca un joven camarero. Más allá veo alguna pareja tortoleando, y pollitas con taconcitos que hacen hinchar el pecho de los jóvenes palomos con cerveza en mano y angosto pantalón.

Pasarán los años y el niño, ya mozalbete, volverá a esta plaza u otra cualquiera, y continuará en su empeño, tras aves que huyen y se escapan. A lo peor logrará atraparla y descubrirá que es sólo una paloma que, ahora ya entre sus manos, ha perdido casi todo misterio. Decían con razón los antiguos “quid memorabilis itinera est”, o lo que es lo mismo, que aquello importante está en el camino que se transita y se ha de recorrer. La corredera es parte de ese camino.