Esta mañana he conocido a una persona especial. Extraordinaria. Tiene un hocico sobresaliente, orejas grandes y colgaderas y cuatro patas. Su mirada infunde respeto y no mide más de 0’65 centímetros de altura. Sabe guardar silencio, obedecer y estar atento. Incluso mantenerse quieto y guardar la debida compostura. Ha resultado asombroso y estoy profundamente afectado.

“Humano racional 2021”

En realidad, apenas nada he tenido que hacer durante el poco tiempo que hemos estado juntos; ni siquiera he podido reaccionar para evitar la tragedia. Sólo sé que hasta ese instante reinaba una atmósfera de paz y bienestar que nunca he tenido oportunidad de sentir a lo largo de años como profesor de universidad. Ni en el aula, ni el claustro, ni en los numerosos eventos a los que he asistido por una razón u otra.

Tengo esposa y dos hijos y constituimos una de esas familias bien relacionadas con tantos amigos y conocidos que, no pocas veces, he sido el elegido para representar el sentir de unos y otros ante las autoridades de la Diputación y de la propia universidad en asuntos de lo más diverso. Nunca tuve la suerte de relacionarme con nadie que tuviera unas cualidades humanas semejantes. Debería decir mejor, “cualidades aparentemente humanas”.

Ya digo que apenas hemos cambiado unas palabras. Yo diría que el encuentro ha servido, sin pretenderlo, para ponernos de acuerdo en todo e instantáneamente tan sólo intercambiando un inofensivo juego de miradas. Me pregunto qué pasaría en el mundo si el entendimiento entre personas, de repente, se produjera de esta manera, tan ejemplar. Qué sucedería si las familias se entendieran así; si los distintos grupos sociales acordaran de un modo tan fácil y asumible sus encontrados puntos de vista; si desaparecieran los enconos, los malentendidos, las disputas.

Ha sido un momento tan breve, el de esta mañana, y tan intenso, que no puedo dejar de pensar en esa persona ni un sólo instante. Dónde estará, me pregunto. Qué será de él ahora. Rememorando la escena no puedo imaginarme nada bueno.

Sé que era un buen amigo de la familia. Alguna vez me habían hablado de él con admiración y cariño. De hecho, sé que vivía con la dueña de la casa, con su marido y sus dos hijos pequeños en un piso acogedor y agradable a las afueras de un pequeño pueblo de Toledo desde hace algún tiempo, y que comparten el espacio y la vida con un gato huraño de bonitos ojos verdes.

Me pregunto también, y es lo que me preocupa, cómo deben pensar, cómo deberían ser los hombres para que se pudieran entender entre ellos con esa maravillosa y casi mágica capacidad que he visto en este ser esta mañana. Me gustaría saber que habrá visto a mí. Cómo ha estado viendo a las personas entre las que vivía día tras día. Cuál es la naturaleza necesaria para facilitar un entendimiento tan natural, tan espontáneo, tan cristalino. 

Y, sobre todo, qué habrá sucedido en su interior para que, ante mis propios ojos, se desatara la incomprensible furia que ha acabado en pocos minutos con la vida de quienes le han estado dando cobijo hasta el mismo día de hoy.