Qué distinta suena la saeta de esta Semana Santa en la ciudad; qué dramática la pasión sin nazarenos encapuchados, ni tallas barrocas consagradas al dolor y al recuerdo de la bimilenaria redención.

Sin embargo, esta Semana Santa todos desfilamos por las calles, como una unánime cofradía de penitentes embozados, que conmemora la pasión y muerte de la irredenta sociedad civil.

Todo es trágico en esta primavera donde ya se nos anuncia un nuevo invierno en nuestras vidas, cuando más brilla el sol de abril, mayo y quién sabe qué más…

Mientras, disfrutemos unos días del poco tiempo que nos queda, del que nos permiten y regalan en la miserable normalidad del toque de queda, de corralitos, de cerrojos y tapa hocicos de castidad respiratoria.

En los bares, restaurantes o terrazas, da verdadera angustia observar como los clientes, con movimiento pendular, se retiran y ponen su mascarilla cada vez que dan un sorbo del café, de la cerveza, de un refresco, o dan el bocado a una tapa. Es humillante y da lástima que se nos obligue a tanta indignidad y que estemos conformes y tan obedientes a ello.

Pero lo han conseguido, tienen a la sociedad dócil y acrítica bajo las dispares y asfixiantes medidas impuestas, que por lo demás se muestran ineficaces; ahí están los resultados…

La inflación normativa y su constante mutación en el tiempo y el espacio, la hacen incoherente, incomprensible, desorientadora, inaplicable, e inasumible en su cumplimiento. Lo es en igual medida que sería legislar contra el cumplimiento de la gravitación universal.

No puede ser legítima la ley que convierte a la totalidad en infractores, incluido el legislador.

Nuestras calles se han convertido en un espacio para la ostentación policial del régimen de terror vírico; pero al tiempo saben que es imposible controlarlo y prohibirlo todo, si no se cuenta con la mirada cainita y acusadora del ciudadano entregado al altruismo colaboracionista.

Provoca vergüenza y bochorno ver las calles y plazas tomadas por la policía, vigilante para punir a quienes no lleven bien puesta la mordaza, esa porqueria que hace tan sólo un año no era sino contraproducente; sin embargo hoy impuesta como marchamo del buen ciudadano que ciegamente obedece. Ese es el nuevo orden, con un nuevo abecedario: O B D C…

Pero no es suficiente tampoco, y se necesitan otras patas para sostener el sillón del tirano que cabalga sobre la bestia. Para eso está la servil información propagandística de los medios de comunicación, puestos incondicionalmente al servicio remunerado del poder.

Así, desde las televisiones rostros exentos de mascarilla, pero maquillados como maniquíes de cartón piedra, siguen fieles el guión. Nos lanzan estupefacientes moralinas cívicas, mientras se intercambian babas en elípticas tertulias, donde siempre hay un tonto útil de cuota para el papel de discrepante, invariablemente humillado para escarnio de cualquier brote de escepticismo. Es el tertuliano judío, bautizado bajo el genocida término de negacionista.

Otra pata se la sirve la ciencia de anuncio y rasga. Nada o todo es demostrable, todo es relativo y a voluntad. Una cifra es la fría interpretación de datos elegidos de entre otros cientos condenados al silencio. Como decía la canción del inesperado Nobel: “la respuesta está en el viento”. Será por aquello de que “la Tierra no le pertenece a nadie, salvo al viento”, (sic ZP dixit).

Pero doctores tiene el gobierno y masters la oposición, para guarecerse bajo el consenso Covid del Nuevo Testamento liberticida y totalitario.

El nuevo dogma del consenso de la Santa Pandemia, bajo la que todo se justifica, todo vale y todo se explica. Es la nueva pasión, muerte y redención de la Humanidad. La quieren, la aman, la desean, y la seducen para que se quede lo suficiente para poner a punto el “reseteo” mental que no habían podido implementar bajo el Antiguo Testamento de las viejas tablas, consensuadas para la igualdad universal, el feminismo, la ecología, el cambio climático, el desprecio al esfuerzo y la excelencia, el odio al capital, y la condena al ser humano moderno frente al buen salvaje y la amable naturaleza encantada.

Digámoslo con claridad, existe una cierta fruición del poder en sentir el ciego sometimiento de los individuos bajo su mirada, bajo su prohibición y su amenaza de castigo.

Desgraciadamente no es sólo eso, hay también un continuo proceder para ocultar su incapacidad para la gestión y el gobierno, trasladando toda responsabilidad a la población que, a pesar del sufrimiento que se les impone, siempre se la acusará de no cumplir perfectamente con lo dispuesto.

Es ahora la sociedad, el Cristo clavado en la cruz coronado de espina-virus, en el Gólgota custodiado por los centuriones de Pilatos.

Mientras, para el ciudadano, el consenso Covid es el régimen de la pordiosera indigencia permanente: no hay medidas eficaces, no hay talento ni inteligencia, no hay libertad, no hay igualdad, no hay vacunas, no hay dinero, no hay trabajo, no hay ni siquiera mala vida clavados a esa cruz que nos acompaña.

Y estamos esperando aún, porque ya está tardando, una insurreccional saeta que alce la voz y diga:

¿Quién me presta una escalera
Para subir al madero
Para quitarle los clavos
A Jesús el Nazareno?

Oh, la saeta, el cantar…

(…)

¡Oh, no eres tú mi cantar
No puedo cantar, ni quiero
A este Jesús del madero
Sino al que anduvo en la mar!